Una vez me preguntó porque era así como soy y no encontré respuesta alguna, sonreí y seguí caminando, lo único malo fue que no volvió a hacerlo porque a los pocos meses falleció; y ahora creo que pudiese contestarle con sinceridad y diría que soy así por temor, simple y sencillo temor.
Los ficus en el frente de la casa de Adrianna no tienen color ni vida, son pajas secas en la bajada a las playas de Barranco. Hace catorce años cuando este lugar era mi camino de rutina, la calzada empedrada me lastimaba las plantas de los pies y los ficus eran joviales y frescos, el verdor de sus hojas y el olor de sus hojas eran agradables a mí y la luz del día se filtraba transparente por los tules de su ventana en el segundo nivel, ese era mi tiempo; no esté de calles bulliciosas y fachadas marchitas al pie del Puente de los suspiros en su natal Barranco. La casa de su madre deshabitada a los pocos meses de su muerte no volvió nunca a habitarse ni siquiera por su tía, la enfermera cincuentona y frágil que la cuidaba de mí y se olvido de cuidarla de la muerte que la besaba desde antes que la conociera yo.
Ella no se encuentra entre nosotros, más lo que me enseño sigue conmigo, persiguiéndome como los demonios blancos que nos llevan al cielo, como el silencio que agita la mente cuando estamos a solas con nosotros, sin podernos engañar con las mentiras que montamos frente a los demás buscando la aceptación de un sino irreal.
Una complejidad sencilla en los humanos nos hacen negar la realidad y crearnos una fantasía paralela que nos mantiene con vida y en la seguridad de nuestras mentiras siempre en cuando estas sean sólo para uno mismo sin compartirlas con los demás, ese es el secreto que le oculte a mi compañera por casi un año que estuve a su lado a la sombra de ella esperando de nuevo esa pregunta para afirmarle lo que hoy escribo por temor.
Por temor a seguir siendo tres frentes paralelos disimiles entre sí pero atados por una imagen física. Diferentes como el otoño, el invierno y el verano, cada uno con su propia carga emocional. La indiferencia de uno desconcertaba al otro, arrogante y soberbio, pero de todos ellos el más perjudicado siempre fue Andrea, el tercero, quien se formo en un error, al calor de un cariño sincero como una redención por mis vidas pasadas, carente de caretas, era el más vulnerable y se decidió de consuno ocultarlo en los textos.
Por este motivo a veces ella se desconcertaba, a veces sólo se dejaba abrazar por la tarde en la playa. Nunca me reprocho nada y siempre me enseñó la bondad del ser puro de corazón, el compartir lo poco que nos había dado la vida, ese don de escuchar largo tiempo y no molestarse con nadie, ese don de dejar a todos contentos con una sonrisa suya, de manos frías y de ojos ardientes.
Su ventana de madera daba directamente al horizonte marino, la luz lastimera del invierno al atardecer se tornaba una sabana plateada en la playa y de vez en cuando una gaviota desorientada caminaba frente a nosotros en el alféizar de su ventana. La joven Adrianna rezaba todos los días a un solo Dios, con fe ella pedía por mí, mientras yo lloraba en su regazo tratando de tener fe en su Dios, de poder confiarle la protección de ella cuando tenga que dejarla ir.
La conocí en un templo católico limpiando los pétalos caídas de las flores que la gente ofrenda a los santos representados con imágenes de yeso, eran las cinco de la tarde de un día de semana y ella desde hacia varios meses prestaba ese servicio al templo por iniciativa propia de cuando unos padres católicos fueron a su liceo a invitar a las jóvenes a realizar los sacramentos pendientes.
Ella vivía con su tía, una señora que trabajaba en una clínica en Miraflores, una señora que regresaba a las seis y treinta de la tarde y salía muy temprano de su casa, una mujer extraña que me recordaba a cuatro mujeres que conocí en otros tiempos, puede que ella me recordara también de ese entonces y de allí su aversión contra mí, no la culpo, no culpo a nadie que recuerde a un inmortal en su vida pasada.
Los años siguientes, casi la mitad de mi vida escondí mi temor maquillándolo con arrogancia y soberbia en mis acciones, predominando una de las caretas sin darme cuenta, hasta sólo identificar a dos de ellas en la oscuridad de mi interior, sin miedo ni remordimiento pero con soledad, buscando en los dioses una respuesta a tanto bullicio interior.
La semana de su muerte ella me decía con tristeza que yo debería ser yo, pero no me hizo la pregunta que hubiese querido contestar. No le dije lo que hubiese querido decirle con febril inocencia, no lo hice. Sólo espere a su lado y pedí a su Dios que se la llevase pronto, por todo el cariño que sentía por ella; yo estaba preparado para dejarla ir pero no estaba preparado para verla irse de a pocos.
Esa vez la muerte la toco a ella, esa vez la muerte la toco a ella pero me llevó consigo o al menos una parte muy importante que apenas puedo reconocer a veces cuando siento cariño o ternura por alguien.
No escribo esto para comunicárselo a alguien, lo hago para comunicármelo a mí mismo, para no esconderlo entre los papeles que quemo cada año, aquí nunca desaparecerá aunque mañana lo borre todo.
Mística y catarsis
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Etiquetas:
Historias breves
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